Evangelio de Hoy Martes 3 de Febrero de 2026.


Estás en el lugar indicado para orar y meditar la Palabra de Dios en este martes de la IV semana del tiempo ordinario.

Aquí encontrarás el Evangelio según San Marcos (5, 21-43) acompañado de una reflexión pastoral que te ayudará a acoger su mensaje y fortalecer la fe.


Homilía y reflexión del Evangelio de hoy.

La fe que se abre paso en medio de la multitud

El Evangelio de hoy nos presenta dos historias entrelazadas, unidas por un mismo hilo: la fe que se atreve a confiar incluso en situaciones límite. Por un lado, un padre angustiado que suplica por la vida de su hija; por otro, una mujer que sufre desde hace años y se acerca en silencio, casi escondida, con la esperanza de ser sanada. Ambos se encuentran con Jesús en medio de la multitud, y ambos descubren que Dios no es indiferente al dolor humano.

Estas escenas nos hablan de una fe que no siempre es perfecta ni ruidosa, pero que es sincera. A veces la fe se expresa en una súplica desesperada; otras, en un gesto tímido pero decidido. El Evangelio nos recuerda que Dios escucha tanto el grito del que pide ayuda como el susurro del corazón que confía.

Jesús se detiene ante quien sufre

En medio de la urgencia por llegar a la casa del padre, Jesús se detiene. Se toma el tiempo para mirar, escuchar y dar valor a la mujer que ha sido sanada. Para Él, nadie es invisible. Nadie queda relegado por la prisa o por la importancia de otros problemas. Este gesto revela un Dios atento, cercano, que no pasa de largo frente al sufrimiento.

En nuestra vida cotidiana, muchas veces sentimos que nadie se detiene a escucharnos, que nuestros dolores no importan o que ya es tarde para esperar algo distinto. El Evangelio de hoy nos asegura lo contrario: Jesús se detiene, nos mira y nos llama por nuestro nombre. Incluso cuando todo parece perdido, Él sigue estando presente y actuando con amor.

No tengas miedo, sigue confiando

Cuando llegan las noticias más duras sobre la niña, Jesús pronuncia una frase clave: no tener miedo y seguir confiando. Estas palabras no niegan la realidad ni el dolor, pero abren una puerta a la esperanza. La fe no consiste en ignorar lo que duele, sino en no dejar que el miedo tenga la última palabra.

Cuántas veces también nosotros recibimos noticias que nos golpean, situaciones que parecen definitivas, problemas que nos superan. El Evangelio nos invita a escuchar esa palabra dirigida hoy a cada uno: no tengas miedo. Dios puede obrar incluso cuando todo parece terminado. La fe es ese paso interior que nos permite seguir adelante, aun cuando no vemos el camino completo.

Una vida que Dios quiere levantar

Jesús toma a la niña de la mano y la devuelve a la vida. No hace un gesto espectacular, sino un acto lleno de ternura y cercanía. Con esto nos muestra que Dios no se resigna a la muerte, al dolor ni a la desesperanza. Su deseo es levantar, restaurar, devolver la vida allí donde parece haberse apagado.

Este Evangelio nos invita a una conversión profunda: confiar más y temer menos. Tal vez hoy no enfrentamos situaciones tan extremas como las del relato, pero sí pequeñas muertes cotidianas: desánimos, heridas, cansancio interior, pérdida de sentido. Jesús sigue acercándose y extendiendo su mano para levantarnos.

También nos llama a ser instrumentos de esa vida nueva para otros. Una palabra de aliento, una escucha sincera, un gesto de cercanía pueden ayudar a levantar a alguien que está caído. Vivir el Evangelio es también animarse a acompañar el dolor ajeno con fe y esperanza.

Al finalizar esta reflexión, podemos hacer un momento de silencio y presentar al Señor nuestras propias heridas y miedos. Confiarle aquello que parece no tener solución y pedirle la gracia de una fe perseverante. Que este Evangelio nos anime a seguir confiando, a no rendirnos y a creer que, en las manos de Jesús, siempre hay posibilidad de vida nueva.


Un momento de oración para aquietar el corazón.

Después de meditar el Evangelio, te invitamos a hacer una pausa y presentarte ante Dios con un corazón sencillo y confiado.


Lecturas Bíblicas del día de Hoy


Primera Lectura de Hoy Martes 3 de Febrero.

Segundo Libro de Samuel 18, 9-10. 14. 24-25. 30. 19, 1-3.

En aquellos días, después de haber sido derrotado por los hombres de David, Absalón, su hijo, se dio a la fuga.

Iba montado en una mula, y al meterse la mula bajo las ramas de una frondosa encina, a Absalón se le atoró la cabeza entre las ramas y se quedó colgando en el aire y la mula siguió corriendo. Uno de los soldados lo vio y le fue a avisar a Joab: “Acabo de ver a Absalón colgando de una encina”. Joab se acercó a donde estaba Absalón, tomó tres flechas en la mano y se las clavó en el corazón.

Mientras tanto, David estaba en Jerusalén, sentado a la puerta de la ciudad. El centinela, instalado en el mirador que está encima de la puerta de la muralla, levantó la vista y vio que un hombre venía corriendo solo. Le gritó al rey para avisarle. El rey le contestó: “Si viene solo, es señal de que trae buenas noticias. Déjalo pasar. Tú, quédate ahí”. El centinela lo dejó pasar y permaneció en su puesto.

El hombre que venía corriendo, que era un etíope, llegó a donde estaba David y le dijo: “Le traigo buenas noticias a mi señor, el rey. Dios te ha hecho justicia hoy, librándote de los que se habían rebelado contra ti”. El rey le preguntó: “Pero, mi hijo Absalón, ¿está bien?” Respondió el etíope: “Que acaben como él todos tus enemigos y todos los que se rebelen contra mi señor, el rey”.

Entonces el rey se estremeció. Subió al mirador que está encima de la puerta de la ciudad y rompió a llorar, diciendo: “Hijo mío, Absalón; hijo, hijo mío, Absalón. Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío”.

Le avisaron entonces a Joab que el rey estaba inconsolable por la muerte de Absalón. Por eso, aquella victoria se convirtió en día de duelo para todo el ejército, cuando se enteraron de que el rey estaba inconsolable por la muerte de su hijo. Por ello, las tropas entraron a la ciudad furtivamente, como entra avergonzado un ejército que ha huido de la batalla.


Salmo Responsorial de Hoy Salmo 85, 1-2. 3-4. 5-6.

Presta, Señor, oídos a mi súplica,
pues soy un pobre, lleno de desdichas.
Protégeme, Señor, porque te amo;
salva a tu servidor, que en ti confía.
Protégeme, Señor, porque te amo.

Ten compasión de mí,
pues clamo a ti, Dios mío, todo el día,
y ya que a ti, Señor, levanto el alma,
llena a este siervo tuyo de alegría.
Protégeme, Señor, porque te amo.

Puesto que eres, Señor, bueno y clemente
y todo amor con quien tu nombre invoca,
escucha mi oración
y a mi súplica da repuesta pronta.
Protégeme, Señor, porque te amo.


Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.
Cristo hizo suyas nuestras debilidades
y cargó con nuestros dolores.
Aleluya.


Evangelio de Hoy Martes 3 de Febrero de 2026.

Evangelio según San Marcos 5, 21-43.

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’ ” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña, levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.


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Los textos de la Sagrada Escritura utilizados en esta obra han sido tomados de los Leccionarios I, II y III, propiedad de la Comisión Episcopal de Pastoral Litúrgica de la Conferencia Episcopal Mexicana, copyright © 1987, quinta edición de septiembre de 2004. Utilizados con permiso. Todos los derechos reservados. Debido a cuestiones de permisos de impresión, los Salmos Responsoriales que se incluyen aquí son los del Leccionario que se utiliza en México. Su parroquia podría usar un texto diferente.

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