Fiesta de la Presentación del Señor
Hoy celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor, también conocida como la Candelaria. Este día conmemora cuando María y José presentaron al Niño Jesús en el templo, cumpliendo la ley y ofreciendo al Hijo de Dios al Padre.
La Iglesia nos invita a contemplar este misterio de obediencia y luz, recordándonos que Cristo es la Luz que ilumina a todos los pueblos y que nuestra vida está llamada a ser presentada a Dios con humildad y confianza.

Biografía y legado.
La Presentación del Señor se sitúa cuarenta días después del nacimiento de Jesús. María y José, fieles a la ley del Señor, llevaron al Niño al templo de Jerusalén para consagrarlo a Dios. Este gesto sencillo encierra un profundo significado espiritual: el Hijo eterno del Padre se presenta humildemente como uno más entre su pueblo.
En el templo, dos figuras llenas de fe reconocieron el misterio que se cumplía ante sus ojos. Simeón, hombre justo y piadoso, tomó al Niño en brazos y proclamó que Jesús era la luz para alumbrar a las naciones y la gloria de Israel. Ana, mujer anciana y perseverante en la oración, dio gracias a Dios y habló del Niño a quienes esperaban la redención.
Este acontecimiento revela a Jesús como el Mesías esperado y señala desde el inicio su misión salvadora. La Presentación del Señor es también una profecía de entrega total: el Niño ofrecido en el templo anticipa el sacrificio de la cruz. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha celebrado esta fiesta como un llamado a reconocer a Cristo como luz y salvación.
Su legado espiritual invita a vivir una fe obediente, confiada y abierta a la acción de Dios en la historia.
Virtudes y enseñanzas.
Obediencia confiada a la voluntad de Dios.
Humildad vivida en lo cotidiano.
Esperanza perseverante en las promesas divinas.
Reconocimiento de Cristo como Luz del mundo.
Reflexión final.
La Presentación del Señor nos recuerda que toda vida tiene sentido cuando es ofrecida a Dios. María y José no se guardan nada; presentan a Jesús con humildad, confiando plenamente en la voluntad del Padre. Simeón y Ana nos enseñan a esperar con paciencia y a reconocer la acción de Dios incluso cuando llega de manera sencilla y silenciosa.
Hoy, esta fiesta nos invita a revisar nuestra propia entrega. ¿Presentamos nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras preocupaciones a Dios? Cristo sigue siendo la luz que disipa las sombras y orienta nuestro camino. Que este misterio nos ayude a vivir con un corazón abierto, a confiar en los tiempos de Dios y a dejarnos iluminar por Jesús.
Que, como Simeón, sepamos reconocerlo y acogerlo, y que nuestra vida se convierta también en una ofrenda agradable al Señor.
