Sábado de la XXX semana del Tiempo ordinario
Difundiendo La Palabra es un lugar creado para orar y meditar la Palabra de Dios. Hoy, Sábado de la XXX semana del Tiempo ordinario encontrará el Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-11 acompañado de una reflexión pastoral que lo ayudará a comprenderlo y a vivirlo con fidelidad. También incluimos las lecturas del día y el Salmo Responsorial.
Lecturas Bíblicas del día de Hoy
Primera Lectura de Hoy Sábado 31 de Octubre
Carta de San Pablo a los Filipenses 1, 18-26.
Hermanos: El hecho de que se predique a Cristo me alegra y me seguirá alegrando, porque sé que esto será para mi bien, gracias a las oraciones de ustedes y a la ayuda del Espíritu de Jesucristo. Pues tengo la firme esperanza de que no seré defraudado y, ahora como siempre, estoy plenamente seguro de que, ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte, Cristo será glorificado en mí.
Porque para mí, la vida es Cristo; y la muerte, una ganancia. Pero si el continuar viviendo en este mundo me permite trabajar todavía con fruto, no sabría yo qué elegir. Me hacen fuerza ambas cosas: por una parte, el deseo de morir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; y por la otra, el de permanecer en vida, porque esto es necesario para el bien de ustedes.
Convencido de esto, sé que me quedaré y los seguiré ayudando a todos ustedes para que progresen gozosos en la fe. Así tendrán en mí, cuando me encuentre de nuevo entre ustedes, un motivo de gran alegría en Cristo Jesús.
Salmo Responsorial de Hoy – Salmo 41, 2. 3. 5bcd.
Como el venado busca
el agua de los ríos,
así, cansada, mi alma
te busca a ti, Dios mío.
Mi alma te busca a ti, Dios mío.
Del Dios que da la vida
está mi ser sediento.
¿Cuándo será posible
Ver de nuevo su templo?
Mi alma te busca a ti, Dios mío.
Recuerdo cuando íbamos
a casa del Señor,
cantando, jubilosos,
alabanzas a Dios.
Mi alma te busca a ti, Dios mío.
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Tomen mi yugo sobre ustedes, dice el Señor,
y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón.
Aleluya.
Evangelio de Hoy Sábado 31 de Octubre de 2026
Evangelio según San Lucas 14, 1. 7-11.
Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola:
“Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: ‘Déjale el lugar a éste’, y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate a la cabecera’.
Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido’’.
Un momento de oración para aquietar el corazón.
Antes de meditar el Evangelio, te invitamos a hacer una pausa y presentarte ante Dios con un corazón sencillo y confiado.
Homilía y reflexión del Evangelio de hoy 31 de Octubre
Elegir siempre el primer lugar
Jesús observa cómo los invitados buscan ocupar los primeros puestos en una comida. La escena parece sencilla, pero revela algo profundo del corazón humano: el deseo de ser vistos, reconocidos y considerados importantes.
Ese deseo puede aparecer de muchas maneras. No siempre buscamos literalmente sentarnos adelante. A veces queremos tener razón, ser escuchados primero, recibir reconocimiento, que nuestro esfuerzo sea valorado o que los demás noten lo que hacemos. Nada de eso es extraño, pero puede convertirse en una necesidad que termina gobernándonos.
Cuando vivimos pendientes del lugar que ocupamos, comenzamos a compararnos. Miramos quién tiene más, quién es más reconocido, quién recibe atención. Y la comparación casi siempre roba paz. Jesús propone otro camino: dejar de construir nuestra dignidad sobre la mirada de los demás.
Sentarse en el último lugar
Jesús aconseja elegir el último puesto. No está enseñando una estrategia para que después nos hagan subir delante de todos. Si fuera así, seguiríamos buscando reconocimiento por otro camino. Está enseñando una actitud interior: no vivir reclamando importancia.
La humildad no consiste en pensar que no valemos nada. Consiste en saber quiénes somos sin necesidad de estar por encima de nadie. Una persona humilde puede reconocer sus dones, capacidades y logros, pero no necesita usarlos para sentirse superior.
Hay una gran libertad en no tener que demostrar constantemente quiénes somos. Podemos servir sin ser vistos, escuchar sin imponer nuestra opinión, dejar que otro sea reconocido, aceptar que no siempre ocuparemos el centro.
El último lugar del Evangelio no es un lugar de desprecio. Es el lugar desde donde podemos mirar a los demás como hermanos y no como competidores.
Cuando buscamos que otros nos eleven
Jesús muestra también el riesgo de elegir por nosotros mismos un puesto que después no nos corresponde. Entonces llega la vergüenza de tener que retroceder.
Esta imagen puede ayudarnos a revisar ciertas ambiciones. A veces intentamos construir una imagen más grande de nosotros mismos, aparentar más seguridad, conocimiento, éxito o virtud de la que realmente tenemos. Pero sostener una apariencia exige mucha energía y nos vuelve dependientes de la aprobación.
Dios, en cambio, conoce nuestra verdad completa. Conoce nuestros talentos y también nuestras fragilidades. Ante Él no necesitamos exagerar nada ni esconder lo que nos falta.
Aceptar nuestra realidad con sencillez es también una forma de paz. No necesitamos ocupar todos los espacios, tener todas las respuestas ni demostrar constantemente nuestro valor. Nuestra dignidad no nace del puesto que otros nos conceden, sino del amor con que Dios nos mira.
El que se humilla será elevado
Jesús termina con una frase que da vuelta nuestra lógica: quien se exalta será humillado y quien se humilla será elevado.
Dios no desprecia al humilde. Al contrario, puede trabajar profundamente en quien no está lleno de sí mismo. Un corazón humilde sabe aprender, pedir ayuda, reconocer errores, agradecer y volver a empezar.
Podemos practicar esta humildad en gestos muy concretos: dejar hablar, pedir disculpas, aceptar una corrección, reconocer el mérito de otra persona, servir sin esperar agradecimiento, admitir que no sabemos algo.
Nada de eso nos hace menos. Nos hace más verdaderos.
Pidamos hoy al Señor que nos libere de la necesidad de ocupar siempre los primeros lugares. Que sepamos reconocer nuestros dones sin orgullo y nuestras limitaciones sin vergüenza. Que podamos servir con sencillez y alegrarnos también cuando otros son valorados.
Porque delante de Dios no necesitamos competir por un puesto. Él conoce nuestro nombre, nuestra historia y nuestro valor. Y quien descansa en esa certeza puede caminar por la vida sin buscar constantemente ser elevado por los demás.
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